miércoles, 30 de marzo de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 8

Mientras seguía corriendo, más palidecía y sus fuerzas se agotaban rápidamente. Solo pensaba en poner a salvo a su regalo. Cuando de pronto algo detuvo sus pasos pegándolo al suelo como si fuera goma. Intentaba correr pero empezó a hundirse lentamente; había caído en una trampa de fango, de las que las historias contaban que nadie había salido. Tal vez por la hemorragia o tal vez por la incredulidad de su mala suerte, esbozó una sonrisa de resignación, y dejó de luchar. Gritar auxilio sería inútil, más bien atraería más bestias que lo despedazarían antes de hundirse. Talvéz fuera mejor que la agonía que estaba sufriendo. Mientras tanto en su estado, notó que la nube no se hundía, pero al intentar sostenerse de ella se volvía volátil y de consistencia gaseosa; como si no quisiera ayudarlo. Definitivamente no era su día, cuando alzó la vista a un árbol cercano, la poca sangre que le quedaba se congeló.
Desde una rama muy alta se hallaba una figura grande de un ave, con cara y pechos de mujer, tamaño de un hombre alto y una expresión de odio. Era una harpía, una bestia fantástica, muy temida por su crueldad y afición al sufrimiento de sus víctimas. El joven, con el fango hasta las rodillas, la vió de forma desafiante y se preparó para defender su doncella. La harpía bajó de su rama hasta el suelo, muy cerca del fango y examinó la situación. Lo rodeó lentamente y se detuvo a espectar el número macabro. Frente a él sus ojos intimidadores se fijaron en el girasol. Con su gran ala lo señaló,  a lo que el leñador comprendió lo que quería. Desató la cuerda que envolvía la nube y extendió el gran girasol hacia la bestia, suponiendo que ésta lo iba a sacar de ahí. Pero el ave-mujer le lanzó un grito fuerte y agarró con su garra izquierda la flor, mientras que con la otra le aventó una piedra, la misma que chocó contra su hombro izquierdo. Evidentemente no estaba dispuesta a ayudarlo, pero él nunca soltó el girasol. Se elevó la bestia con sus grandes alas y agarró la flor con sus dos garras, mientras del otro extremo el joven ya desfalleciente y con pocas fuerzas luchaba con lo que podía. Cuando ya estaba a punto de despegarse de su mano, y a punto de desmayarse, levantó lo que quedaba de su brazo destrozado y se apoyó del tallo del girasol; despegando de inmediato una luz muy fuerte de su extremidad. Del lado de la bestia los pétalos del girasol se acrecentaron envolviéndose en las garras, mientras que del otro extremo comenzó a regenerarse sobre el hueso expuesto del brazo, vasos, nervios, tendones y músculos se creaban en sincronía perfecta y a velocidad impresionante. En pocos momentos tuvo un brazo nuevo, y las fuerzas para seguir batallando. Dejó la impresión de lado y tomó el lazo de la nube lanzándolo hacia la harpía, con tanta suerte que se enredó en su cuello. Ahora la batalla de arrebatarle ese girasol era un salvataje indirecto para el leñador. Entre gritos y aullidos la harpía logró despegarlo del fango mientras continuaba luchando por liberarse, elevándose cada vez más. El joven continuaba fuertemente aferrado del tallo mientras con angustia veía que se alejaba más del suelo y de su preciada nube. Llegó a una altura por sobre el árbol más grande, divisando el bosque en su totalidad. Una vista privilegiada para un momento inapropiado.
No le quedaba otra oportunidad más que subir por la flor, hasta el monstruo y empezar a luchar contra ella. Llego al cuello y la envolvió con sus brazos con todas sus fuerzas. La lucha era tenaz hasta que la bestia cedió al esfuerzo del leñador y se desmayó en el aire. Comenzó la caída en picada, tan pesado como si fuera una roca con una velocidad cada vez más fuerte, y un tipo totalmente asustado viendo el suelo cada vez más cerca. El desenlace era inminente.



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