Ni las lágrimas del hada pudieron convencer a la Reina de las Abejas de cambiar su petición. Solicitaba a viva voz su muerte, angustiada por la pérdida de su hijo. Con el pesar en un su corazón la sentencia fue dictada por el juez, y se llevaría a cabo al amanecer.
La noche en su celda fue la más larga de la vida del joven músico, aún no entendía porqué el destino sería tan injusto con él; pero al final no desaprovecharía sus momentos finales lamentándose, así que decidió escribir su última obra de arte a manera de epitafio. Dibujó tantas notas como su mente las armonizaba, y sin saberlo estaba creando una obra de arte inmortal, dedicada a su danzarina de rizos dorados; la siempre amó desde aquella noche que la vió.
Mientras el silencio de la madrugada reinaba, ya casi a punto de terminarla, su celda se abrió. Era ella, su musa alada, junto al juez, el centinela de la cárcel, y su madre. Le dijeron que huya mientras pueda, que siga el sendero sin mirar atrás y que no descanse. Simularían que escapó y armarían junto a las abejas una cacería incesante. Si lo hallaban tendrían que matarlo ellos mismos. Sin perder tiempo emprendió la huida. Pero su hada jamás lo dejaría, ni en esta vida ni en la otra; así que juntos y bajo las sombras de la madrugada se metieron al bosque.
Siguieron sin mirar atrás, el sendero del Norte; no había tiempo para descansar ni para quejarse del dolor. Tampoco podían volar ya que los centinelas del bosque los verían fácilmente. Había que seguir a pie El sol lanzó sus primeros rayos, y con ellos la angustia era cada vez más fuerte; continuaron hasta que él se desmayó del cansancio golpeando su cabeza contra una roca, quedando inconsciente. Ella pese a eso le envolvió en su espalda, junto a sus alas, y lo llevó cargando caminando hacia adelante. Infatigable y con el miedo cada vez más fuerte, tropezaba con piedras y ramas sin caerse. Cuando de pronto, por un impulso desconocido miró hacia atrás y arriba. Su piel palideció y sintió un frío por la espalda al ver en una rama alta un ente demoníacos que la seguía y listo para saltar sobre ella. Aún tenían la sangre de abejas en sus manos y fauces. Pese al pánico del que era presa, afloró el coraje dentro de ella. No perdería a su amado sin pelear antes.
Comenzó a correr lo más que pudo, y aflojó el amarre de su pecho soltando al joven, mientras abría sus alas y desplegaba vuelo. Planeó una distancia corta y regreso hacia donde su amado estaba caído recogiéndolo antes que el come-gente y llevándolo a una rama alta, no sin antes recibir un zarpazo en el brazo. La sangre brotó por su delicada piel rasgada, pero esto no la detuvo. Saltó desde la rama y planeó hasta el piso, con la finalidad de alejarlo de la rama; tomó una piedra y la lanzó sobre la bestia, Éste la miró con deseo más que con odio, le divertía el miedo de su presa, pero decidió subir a la rama donde se hallaba el joven. Ella empezó a lanzarle piedras y a gritarle para llamar su atención, pero de un salto subió el árbol, y con una agónica lentitud le agarró del cuello suspendiéndolo en el aire con la finalidad de partirlo en dos. No había otra solución, el hada se lanzó como guerrera extendiendo sus alas y voló hacia su amado, tumbándolos a ambos, y cayendo pesadamente por la ladera rodando sobre las piedras y ramas a manera de estacas. Sintió un dolor en su brazo y vio que estaba dislocado, el ente estaba de cabeza a cierta distancia de los dos, inconsciente arrimado contra un gran árbol; y su amado músico se hallaba boca arriba, con los ojos abiertos viéndola, bañados en lágrimas, con los brazos abiertos como si fuera a abrazarla. De su pierna derecha nacían a manera de borbotones, pulsos de fluido rojo espeso, y del centro una estaca que lo atravesaba. Estaba despierto, pero herido. No había tiempo de lamentos, en cualquier momento despertaría y no habrían más oportunidades. Con todas sus fuerzas se levantó del suelo, la tomó a su amada y le susurró algo que jamás olvidaría. Rompió la estaca del suelo y empezó el doloroso escape junto a ella, sobre el camino lleno de estacas y hojas, siempre cinco pasos detrás de ella.
De pronto ellos sintieron que sus cuerpo se paralizaron y sus pasos se pegaron al suelo. No podían responder los músculos a su voluntad, y de reojo vieron a lo lejos al ser oscuro con sus dos manos extendidas hacia ellos, sonriendo y babeando en su éxtasis. Los tenía dominados, eran suyos, eran presa su hechizo paralizante; simplemente estaba todo perdido. Mientras sus garras los apunten jamás escaparían. Caminando lentamente hacia su presa, reía a carcajadas y sentía una excitación de su sufrimiento, tanto que no se fijó en una estaca que pisó y lo hizo perder el equilibrio liberando al músico, que en instintivo arranque saltó sobre el. Lo tumbó y así dejó de apuntar a su hada; mientras lo abrazó con todas sus fuerzas le gritó que corra, que escape. Y ella abrió sus alas entre lágrimas y lo vió despidiéndose en silencio. El ente furioso arremetió contra el mártir atravesando su abdomen con sus garras y abriéndolas enseguida, partiéndolo por la mitad. Se escuchó un crujido de huesos, músculos y vísceras que espantó a las aves de los árboles más altos. La mirada desorbitada del joven hacia la bestia sonriente, no impidió que se aferre más a él, dándole un poco más de tiempo al escape de la danzarina. Fue algo más forzado arrancarle los brazos y quitárselo de encima, pero ella ya no estaba, y el sacrificio no había sido en vano. Esto lo enardeció mas y saltó de árbol en árbol en busca de su presa. Detrás suyo quedaba los restos de un soñador que le regaló sus últimos pensamientos a la ninfa que le enseñó a amar.
Mientras más lejos volaba, algo en su pecho le decía que su amado estaría bien; pero la realidad de su mente era más pesimista. Logró elevarse por sobre los árboles, mientras el sol en todo su esplendor le pegaba sus rayos en el rostro. Temía que algún centinela termine el trabajo que el depredador no había concluido, pero ya estaba su suerte echada. De pronto su pesadilla se volvió realidad de nuevo, y sus delicadas alas se paralizaron en el aire. Lo último que alcanzó a ver fue la figura del asesino sobresaliendo su mano sobre la copa de un árbol. Se preparó para la caída inminente, y solo pudo cerrar sus ojos. De ahí solo la oscuridad y el silencio.
Ahora yacía dentro de una nube flotando sobre el fango. Desconocía que un hechicero había vengado a su amado, que la bestia cazadora había sido ajusticiada, y que ahora era la obsesión de un leñador en peligro. Solo dormía plácidamente, en medio de la pertinaz lluvia.