jueves, 7 de abril de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 9

Abrió los ojos desorientado, confundido, e intentó moverse sin éxito. No recordaba donde estaba ni que había ocurrido, hasta que como un relámpago por su mente cruzo la imagen de la caída vertiginosa al suelo. Se estremeció de inmediato y se levantó súbitamente de donde se encontraba; perdiendo el equilibrio y cayendo a una altura de medio metro, sobre una piso amortiguado con hojas. Seguía sin entender lo sucedido, hasta que del suelo, boca abajo como había quedado, miró al frente y se encontró con la harpía recostada en un charco de sangre; a pocos pasos de donde se hallaba. Una lanza le atravesaba el cuello y sus ojos seguían abiertos, con una expresión de horror única, plasmada como despedida a la eternidad en la cara de la bestia. Pensó en levantarse, pero el miedo se apodero de su voluntad cuando sintió pasos detrás de él, como si alguien corriera sobre el piso de hojas. Alzó la mirada y vio el techo de una carpa grande de vivos colores, con un atrapasueños colgando sobre su cabeza, a su alrededor un gran espejo, un mueble de madera muy bien labrado con un cráneo disecado en una urna de cristal, una alfombra mas allá, y varias lanzas parecidas a la de la harpía, todas juntas en una gran urna. Y continuó rodeando el sitio con su mirada, sin levantarse, hasta que se chocó con la mirada de unos ojos azules que lo observaban atentamente. Estaba de acuclillada sobre una roca que se hallaba bajo la carpa, con una lanza en su mano; mostraba aproximadamente 20 años, alta, cabello castaño oscuro con rizos en forma de torbellino, piel morena, nariz pequeña y delicados labios. Contextura delgada con un cinturón de cráneos pequeños sobre sus anchas caderas, y su vestido en forma de armadura dejaba sus largas piernas al descubierto. La presencia de una mujer así, con su físico hubiera estimulado normalmente cualquier deseo visceral, pero por el contrario, al leñador el pánico lo tenía paralizado. Recordó los relatos de sus abuelos sobre el pueblo de gente pequeña que habitaba en el bosque, y de como tuvieron un final espantoso.

Había caído el invierno en su aldea y decidieron esconderse bajo las setas y hongos de un gran árbol, sin saber que eran parte del jardín privado de uno de los Árboles Come-humanos. Pero al arrancar uno y usarlo como techo para la evitar la nieve, desataron la furia de sus hijas. Normalmente perdonaban a la raza de los hombres pequeños, pero esta vez olvidaron esa regla, y devoraron a todos; hombres mujeres y niños de toda la aldea, en un festín macabro que duró toda la noche y  pintó de rojo sangre la nieve. Se dice que esa día se extinguió la raza de los hombres pequeños, y ellas atesoraron los huesos como trofeo y recuerdo nefasto, de que jamás sea tocado algo que les pertenezca.

Ella tenía fija su mirada en el joven leñador, con una mirada escudriñadora, examinándolo de pies a cabeza. El sabía que si se levantaba del suelo y corría, ella lo alcanzaría y sería otra víctima más. Ella bajó de la piedra, de un brinco, y se acercó caminando de puntillas hacia él, que se continuaba boca abajo, cada vez más pálido. Extendió su mano hacia el rostro de asustado tipo, le acarició suavemente la mejilla izquierda, y de inmediato le agarró de los cabellos alzándole la mirada hacia ella. Él no quería abrir los ojos, pero al hacerlo vio uno de los rostros más preciosos que había visto en su vida, con una mirada seria y unos ojos azules que lo estudiaban detalle a detalle. Sacó su lengua y la pasó por su cara y cerró los ojos esbozando una sonrisa placentera, le excitaba el miedo de su prisionero.

De repente como un rayo recordó su preciada hada, donde estaría. Tenía que escapar, buscarla, a costa incluso de su vida. La cazadora lo rodeó con pasos de puntillas, y se sentó en su roca sin perderle la vista. Como un rayo el joven se levantó del piso y en un arranque de valentía emprendió una veloz carrera adentrándose en la maleza sin mirar atrás. Ella se incorporó lentamente, sacó la lanza del cuello de la harpía preparándose para su cacería, y le dio varios metros de ventaja hasta empezar a correr lentamente hacia espesor del bosque. La tarde empezaba a caer y las sombras lentamente se apoderaban de ese universo verde.

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