viernes, 18 de marzo de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 1

Su memoria tenia tantas paginas como libros en Alejandria, y al igual que esta, también se incendiaba a diario sin consumirse. Millones de días en sus rasgos y el el tiempo había dibujado las coordenadas de su paso sobre su humanidad. Aun caminaba mas por fe que por ganas. Había sentido todos los sentimientos conocidos por el hombre, amor, ira, decepción, alegría, y un sin fin de estados que aun se mantenían vivos en su memoria. Como curandero había errado entre varios mundos aprendiendo y sanando a quien le hubiera requerido. Conocía a la muerte, y la consideraba una vieja amiga. Había luchado tantas veces contra ella hasta que un día comprendió el error de su empresa. No se puede luchar con el futuro, al fin y al cabo solo somos polvo y sombras.
No creía en dioses a lo que todos les rezaban; hace tiempo había demostrado para si, que si existían tampoco los necesitaba. El respiro de alivio en un paciente luego de calmar su mal, le alegraba mas que ver un cadáver volver a respirar. Disfrutaba del silencio y de la noche. Sus demonios danzaban en su armonía.
Su compañera, su bella y leal súcuba, se hallaba junto a el durante todos estos siglos, siempre a su lado, cuidando que sus demonios internos se apoderen de el. Cada vez que ocurría, un baño de sangre se apoderaba de la aldea y solo ella era capaz de mantener ese equilibrio entre la cordura y el caos. Pero era muy celosa de su tesoro. Cuidaba que las harpías no le hechicen con sus malevolencias, que los sátiros no le embrutezcan con vino, que los centauros no lo dañen; y que ningún Titan o demonio extranjero logre volverlo parte de su colección de cráneos de brujo. La vida era complicada, mientras mas sabio también se volvía mas ingenuo, y esto lo hacia vulnerable a todo tipo de peligros, pero era feliz con su brujo. Ella lo cuidaba de todo, hasta de él mismo.
Pese a los siglos ella se mantenía joven, y contrastaba con su adorado, pero tenia un conjuro mortal sobre ella y eso no la podía sanar nadie.

Cierta tarde mientras el caminaba entre una aldea hostil, con habitantes que le cerraban las puertas a su paso tal vez por el miedo que le tenían; se adentro en una ladera y esta lo condujo al bosque. Un bosque maravilloso muy frondoso en el que los arboles daban frutos alucinógenos. Estos producían una toxina que podía descubrir el alma de los mortales a los ojos del que la consumía. Fue tentador pero no demoro mucho en probarlo. Y así fue como el bosque se volvió psicodelico, entre colores y sinestesias el empezó a bailar. Soltó su vara y mientras sonreía con sus ojos cerrados empezó a girar en su torno mientras danzaba. Sentía que era parte del bosque y este le correspondía.

De repente escucho un crujido y un golpe seco. Corrió a ver de donde venia, y vio a una figura pequeña del tamaño de su antebrazo, con forma de mujer. Se detuvo frente a ella. Cabellos rubios rizados, estructura fina y contornos delicados. Yacia sobre un piso lleno de hojas, boca abajo una pequeña hada, una danzarina, tendida inconsciente y con una lesión compatible con fractura de su brazo izquierdo y dos grandes heridas en su espalda, que mostraba que alguna vez hubieron un para de alas y que manchaba de sangre su vestido azul rasgado. Respiraba aun pero no daba buenas condiciones. A su lado había un girasol de vivos colores que ella sostenía con la punta de los dedos.
El no terminaba de descubrir si lo que veía era producto de una alucinación, o parte de la realidad fragmentada; cuando de los arboles cayo a pocos pasos otro ser. Este en cambio era alto, mas que el mismo hechicero; muy oscuro, grandes ojos blancos, cara espantosa, muy escuálido, dientes afilados, sialorreico con una sonrisa macabra y lasciviosa. Estaba desnudo mostrando su abultado miembro viril dispuesto a atacar. Sus manos como tenazas afiladas temblorosas y largas piernas acodadas como dispuesto a saltar. Sus múltiples tatuajes significaban conjuros y heridas de batallas, lo que evidenciaba su fortaleza y maldad. En cuestión de segundos cruzo su mirada con el atónito hechicero y extendió súbitamente su mano hacia él diciendo palabras incomprensibles.
El mago se paralizo de inmediato, y la voluntad de moverse se suspendió. Estaba tan quieto como un árbol o una piedra. El ser oscuro lo disfrutaba, y empezó a acercarse lentamente mientras continuaba extendida una mano hacia el mago y con la otra se acariciaba su virilidad preparándose para el festín que le esperaba bajo un vestido azul.

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