Una flecha surcó la lluvia y se clavó en su brazo derecho. Se agachó y esquivó dos más. No veía su cazadora pero ella si lo tenía en la mira. Intentó escabullirse entre las raíces pero se dió cuenta en la trampa que había caído. Esa sería su cárcel de árbol. Supo entonces que no tenía mas opciones, tendría que enfrentarla o esperar la muerte. Se armó de valor y salió desafiante. Ella bajó de su rama y se detuvo frente a él. Lo miró y sonrió de forma sádica. Se despojó de su arco y flechas, desenfundó dos de sus tres dagas, y lanzó una a los pies del leñador. Caminó lemtamente cuatro pasos atrás esperando la respuesta del jóven a su propuesta de duelo, bajo una lluvia que continuaba sin cesar.
El tipo sin pensarlo tomó el arma y luego de suspirar se avalanzó hacía ella. Lanzaba golpes al azar mientras ella sólo se esquivaba a manera de juego. Dos golpes y un empujón contra los árboles no detuvieron al impetuoso guerrero improvisado para volver a arremeter. De pronto como todo golpe de suerte, logró acertar contra el muslo dando una pequeña cortada. Tan mìnima que casi no sangró pero suficiente para determinar su ejecución. Como premio a su valor, sería rápida y sin dolor.