lunes, 4 de julio de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 15

La noche ya había caído y las fuerzas de un pobre leñador se negaban a abandonar su supervivencia. Su cazadora lo seguía a manera de diversión macabra. Logró encontrar un gran árbol con sus raíces que sobresalían del suelo, mientras la lluvia lo cegaba como si fueran pequeñas piedras sobre su ser. De inmediato se escondió y rompió en llanto. Si no hubiera visto a su pequeña hada talvez no le hubiera importado morir, pero ahora solo quería subsistir para volver a verla. 

Una flecha surcó la lluvia y se clavó en su brazo derecho. Se agachó y esquivó dos más. No veía su cazadora pero ella si lo tenía en la mira. Intentó escabullirse entre las raíces pero se dió cuenta en la trampa que había caído. Esa sería su cárcel de árbol. Supo entonces que no tenía mas opciones, tendría que enfrentarla o esperar la muerte. Se armó de valor y salió desafiante. Ella bajó de su rama y se detuvo frente a él. Lo miró y sonrió de forma sádica. Se despojó de su arco y flechas, desenfundó dos de sus tres dagas, y lanzó una a los pies del leñador. Caminó lemtamente cuatro pasos atrás esperando la respuesta del jóven a su propuesta de duelo, bajo una lluvia que continuaba sin cesar.

El tipo sin pensarlo tomó el arma y luego de suspirar se avalanzó hacía ella. Lanzaba golpes al azar mientras ella sólo se esquivaba a manera de juego. Dos golpes y un empujón contra los árboles no detuvieron al impetuoso guerrero improvisado para volver a arremeter.  De pronto como todo golpe de suerte, logró acertar contra el muslo dando una pequeña cortada. Tan mìnima que casi no sangró pero suficiente para determinar su ejecución. Como premio a su valor, sería rápida y sin dolor. 

lunes, 6 de junio de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 14

Bajo el gran arco de piedra blanca con una inscripción de "Aquí muere todo lo Santo", se hallaba sentado el Hechicero fumando su pipa, junto a un mayordomo de piel roja y de ropas coloridas; bajo su enorme paraguas. Lo miró de reojo y aspiró su pipa expirando el humo en gran cantidad; tratando de controlar sus emociones.

Quién era en realidad, de donde provenía o el porqué había escogido su estilo de vida no era parte de la historia, solo que cierta tarde de invierno, en una aldea muy lejana, en la tierra de los hombres de piel oscura; se hallaba frente a uno de los casos más espectaculares de su vida. Un rey cuyo primogénito de 8 años padecía de tumores crecientes en su cara, desfigurándolo y dificultándole la respiración. Dado que era el único heredero, y que cada médico o sabio que había buscado la cura había fracasado; fue llamado ante la corte. El mago lo supuso al momento: sabía que lo aquejaba, pero la cura era mas dolorosa que el mismo mal. Así que frente a toda la corte, los hechiceros y médicos reales, se acercó al chico y sacó su daga de si cinturón. Todos se alarmaron y los guardias desenfundaron sus espadas; pero el rey le ordenó que le dejen proceder. Después de todo, no había mucho que perder, luego de tanto sufrimiento y agonía de su hijo. Tal vez la muerte sea la cura; pero por ahora le interesaba que haría el hechicero. Hundió su daga en el cuello haciéndole una traqueostomía. En ese momento de la herida empezó a destilar un liquido viscoso que no era sangre. Era negro como la brea. Mientras en niño, sintiendo que el aire llegaba de nuevo a su alma, abrió su boca y realizó un vomito negruzco abundante. Entre es caos el mago lo miró fijamente al niño y de repente soltó una carcajada sonora, frente al desconcierto de todos. La razón era sencilla: estaba envenenado por un fruto que crece en las montañas parecido a una cereza. Vendó su rostro, le dio sus brebajes magistrales y le aseguró que en ocho dias después que expulse el veneno, estará sano de nuevo. Le intrigaba como había llegado a ingerir ese fruto letal. Era tan extraño y exclusivo que solo los demonios y los titanes los cultivaban para si en sitios casi inaccesibles, por lo que era imposible que una persona de las llanuras se tope con algo así. 

Esperó pacientemente que el niño pueda hablar, y  luego de dos semanas, éste estuvo listo para decirle donde las consiguió. El rey lo dotó de un gran caballo , y una escolta de 20 de sus legionarios reales, para que lo protejan a él y a su vástago. Partieron por la mañana, antes que el alba asome; y se dirigieron a las colinas más altas, donde crecen los árboles mas extraños y deformes. Rocas en formas de picos con humo que sobresalía del piso adornaban un camino largo y penoso. Cabalgaron todo el día, y al brillar el sol en todo su esplendor, con asombro del mago y sus acompañantes, vieron como el niño les señalaba un pequeño huerto, escondido en unos matorrales; tan bien cuidados como si hubiera sido de un grandioso granjero. Perfectamente alineados habían hortalizas gigantes, palmas tan altas como edificios y en una esquina, el mortal fruto con forma de cereza. Detrás vieron una casa típica de campo, con ladrillos blancos, puerta de madera, y chimenea apagada. Un camino empedrado les daba la bienvenida. 

Caminaban lentamente cuando sus cabezas empezaron a rodar sin que se hayan dado cuenta. 5 cayeron decapitados, 5 fueron partidos por la mitad. Algo o alguien con una velocidad increíble los mato sin que sepan que sucedió. El mago levantó su bastón y empezó a girarlo en su alrededor extendiéndolo a manera de hélice, creando un remolino. El pequeño abrazó al Mago y todos los demás se cobijaron bajo su protección. Y ahí fue cuando la vio por primera vez. 

Frente se hallaba una figura con forma de mujer, con cabellos largos y rizados en sus puntas, ojos cafés oscuros, muy cansados pero con una furia expresa. Labios finos, con hematomas y heridas de sangre. Delgada, curvas exuberantes, piel roja como el carmín, y varias lesiones en sus brazos y piernas, que sugerían haber pasado por una lucha muy fuerte. Con sus manos sostenía una espada ensangrentada, con restos de cabellos de los decapitados. Frente a el Hechicero se hallaba la muerte en su forma mas bella. Él sintió que una brisa rozaba sus mejillas y de pronto el caos de sangre, muerte y cadáveres que lo rodeaba era solo una jardín de rosas rojas. Dejó de mover su bastón, y no le importó ver como entre gritos y aullidos, asesinaba al resto de los soldados. Sólo quería verla a ella. La delicadeza con la que blandía su espada, y su desenfreno manifiesto al romper los cráneos con sus manos lo dejaron estupefacto. No tuvo reparo en dar un paso al costado, protegiendo al pequeño príncipe y admirarla lentamente en esa masacre. Sentía algo que jamás había sentido en su corazón. Cuando terminó con sus víctimas, la demonio fijó sus ojos en tipo del bastón, y barba blanca; que se hallaba sonriendo nervioso extendiéndole una flor como regalo. Y justo cuando se iba a lanzar sobre él, cayó fulminada inconsciente; en un profundo sueño. El mago se apresuró a auxiliarla, comprobó su respiración y signos vitales. La tomó entre sus brazos y la metió en la casa de la granja escondida. Estaba en franca agonía...

A esta altura de su relato, alzó la mirada al cielo y contempló las nubes llorando un pertinaz aguacero, y soltó un gran suspiro. Mientras tanto a varios kilómetros de allí, un leñador se huía de su final.


viernes, 15 de abril de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 13

Ni las lágrimas del hada pudieron convencer a la Reina de las Abejas de cambiar su petición. Solicitaba a viva voz su muerte, angustiada por la pérdida de su hijo. Con el pesar en un su corazón la sentencia fue dictada por el juez, y se llevaría a cabo al amanecer.
La noche en su celda fue la más larga de la vida del joven músico, aún no entendía porqué el destino sería tan injusto con él; pero al final no desaprovecharía sus momentos finales lamentándose, así que decidió escribir su última obra de arte a manera de epitafio. Dibujó tantas notas como su mente las armonizaba, y sin saberlo estaba creando una obra de arte inmortal, dedicada a su danzarina de rizos dorados; la siempre amó desde aquella noche que la vió.
Mientras el silencio de la madrugada reinaba, ya  casi a punto de terminarla, su celda se abrió. Era ella, su musa alada, junto al juez, el centinela de la cárcel, y su madre. Le dijeron que huya mientras pueda, que siga el sendero sin mirar atrás y que no descanse. Simularían que escapó y armarían junto a las abejas una cacería incesante. Si lo hallaban tendrían que matarlo ellos mismos. Sin perder tiempo emprendió la huida. Pero su hada jamás lo dejaría, ni en esta vida ni en la otra; así que juntos y bajo las sombras de la madrugada se metieron al bosque.
Siguieron sin mirar atrás, el sendero del Norte; no había tiempo para descansar ni para quejarse del dolor. Tampoco podían volar ya que los centinelas del bosque los verían fácilmente. Había que seguir a pie El sol lanzó sus primeros rayos, y con ellos la angustia era cada vez más fuerte; continuaron hasta que él se desmayó del cansancio golpeando su cabeza contra una roca, quedando inconsciente. Ella pese a eso le envolvió en su espalda, junto a sus alas, y lo llevó cargando caminando hacia adelante. Infatigable y con el miedo cada vez más fuerte, tropezaba con piedras y ramas sin caerse. Cuando de pronto, por un impulso desconocido miró hacia atrás y arriba. Su piel palideció y sintió un frío por la espalda al ver en una rama alta un ente demoníacos que la seguía y listo para saltar sobre ella. Aún tenían la sangre de abejas en sus manos y fauces. Pese al pánico del que era presa, afloró el coraje dentro de ella. No perdería a su amado sin pelear antes.

Comenzó a correr lo más que pudo, y aflojó el amarre de su pecho soltando al joven, mientras abría sus alas y desplegaba vuelo. Planeó una distancia corta y regreso hacia donde su amado estaba caído recogiéndolo antes que el come-gente y llevándolo a una rama alta, no sin antes recibir un zarpazo en el brazo. La sangre brotó por su delicada piel rasgada, pero esto no la detuvo. Saltó desde la rama y planeó hasta el piso, con la finalidad de alejarlo de la rama; tomó una piedra y la lanzó sobre la bestia, Éste la miró con deseo más que con odio, le divertía el miedo de su presa, pero decidió subir a la rama donde se hallaba el joven. Ella empezó a lanzarle piedras y a gritarle para llamar su atención, pero de un salto subió el árbol, y con una agónica lentitud le agarró del cuello suspendiéndolo en el aire con la finalidad de partirlo en dos. No había otra solución, el hada se lanzó como guerrera extendiendo sus alas y voló hacia su amado, tumbándolos a ambos, y cayendo pesadamente por la ladera rodando sobre las piedras y ramas a manera de estacas. Sintió un dolor en su brazo y vio que estaba dislocado, el ente estaba de cabeza a cierta distancia de los dos, inconsciente arrimado contra un gran árbol; y su amado músico se hallaba boca arriba, con los ojos abiertos viéndola, bañados en lágrimas, con los brazos abiertos como si fuera a abrazarla. De su pierna derecha nacían a manera de borbotones, pulsos de fluido rojo espeso, y del centro una estaca que lo atravesaba. Estaba despierto, pero herido. No había tiempo de lamentos, en cualquier momento despertaría y no habrían más oportunidades. Con todas sus fuerzas se levantó del suelo, la tomó a su amada y le susurró algo que jamás olvidaría. Rompió la estaca del suelo y empezó el doloroso escape junto a ella, sobre el camino lleno de estacas y hojas, siempre cinco pasos detrás de ella.

De pronto ellos sintieron que sus cuerpo se paralizaron y sus pasos se pegaron al suelo. No podían responder los músculos a su voluntad, y de reojo vieron a lo lejos al ser oscuro con sus dos manos extendidas hacia ellos, sonriendo y babeando en su éxtasis. Los tenía dominados, eran suyos, eran presa su hechizo paralizante; simplemente estaba todo perdido. Mientras sus garras los apunten jamás escaparían. Caminando lentamente hacia su presa, reía a carcajadas y sentía una excitación de su sufrimiento, tanto que no se fijó en una estaca que pisó y lo hizo perder el equilibrio liberando al músico, que en instintivo arranque saltó sobre el. Lo tumbó y así dejó de apuntar a su hada; mientras lo abrazó con todas sus fuerzas le gritó que corra, que escape. Y ella abrió sus alas entre lágrimas y lo vió despidiéndose en silencio. El ente furioso arremetió contra el mártir atravesando su abdomen con sus garras y abriéndolas enseguida, partiéndolo por la mitad. Se escuchó un crujido de huesos, músculos y vísceras que espantó a las aves de los árboles más altos. La mirada desorbitada del joven hacia la bestia sonriente, no impidió que se aferre más a él, dándole un poco más de tiempo al escape de la danzarina. Fue algo más forzado arrancarle los brazos y quitárselo de encima, pero ella ya no estaba, y el sacrificio no había sido en vano. Esto lo enardeció mas y saltó de árbol en árbol en busca de su presa. Detrás suyo quedaba los restos de un soñador que le regaló sus últimos pensamientos a la ninfa que le enseñó a amar.

Mientras más lejos volaba, algo en su pecho le decía que su amado estaría bien; pero la realidad de su mente era más pesimista. Logró elevarse por sobre los árboles, mientras el sol en todo su esplendor le pegaba sus rayos en el rostro. Temía que algún centinela termine el trabajo que el depredador no había concluido, pero ya estaba su suerte echada. De pronto su pesadilla se volvió realidad de nuevo, y sus delicadas alas se paralizaron en el aire. Lo último que alcanzó a ver fue la figura del asesino sobresaliendo su mano sobre la copa de un árbol. Se preparó para la caída inminente, y solo pudo cerrar sus ojos. De ahí solo la oscuridad y el silencio.

Ahora yacía dentro de una nube flotando sobre el fango. Desconocía que un hechicero había vengado a su amado, que la bestia cazadora había sido ajusticiada, y que ahora era la obsesión de un leñador en peligro. Solo dormía plácidamente, en medio de la pertinaz lluvia.


jueves, 14 de abril de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 12

Bajo la pertinaz lluvia en el bosque permanecía sobre el fango movedizo, cementerio de muchas almas, flotando a pocos centímetros, una nube envuelta con una cuerda rota; y con una hada danzarina en su interior, dormida sanando sus heridas, recostada sobre una cama de hojas verdes y totalmente apartada del caos que se desarrollaba en su alrededor. Había corrido tanta sangre y se habían escuchado tantos gritos en torno a ella, pero su mundo se hallaba cubierto por una caja algodonosa y mágica, ajeno totalmente a la realidad.
Cómo había llegado a este punto una sencilla y alegre alma, revestida con un gracioso y bonito cuerpo. Sencillamente la vida se había dado un giro brutal en su contra. Había vivido toda si vida en su pequeña aldea de las hadas, rodeada de flores gigantes y casas colgadas en los árboles gigantes. Su vida era sencilla pero alegre. Era una recolectora de polen que cuidaba de sus hermanos y de su pequeña mascota, una larva que algún día se volvería una gran mariposa. Su madre era una Condesa descendiente directa de la realeza, y su padre era un General que había muerto en batalla cuando intentaron detener a las brutales sedientas de sangre, la noche de Invierno que acabaron con la raza de los Hombres Pequeños. La nieve había sepultado sus restos, o lo que quedó de él. Pese a ser pacíficos, eran aguerridos y feroces cuando sus vidas peligraban frente a cualquier enemigo.
Tenía su amado de toda su vida, un obrero alado amante de la música que vivía en la aldea vecina, y que la conoció en la gran fiesta anual del polen. Ese día todas las aldeas se reunían en una parte del bosque para festejar la llegada del Verano y por ende la época en la que sus trabajos verían su recompensa. Las abejas, gigantes como hombres, convivían en paz con estos seres alados, y eran siempre los más esperados en las fiestas por su exquisito licor de néctar. Éstas por su parte eran tratados como la realeza y todo marchaba en orden.
Jamás olvidaría la mirada del músico mientras ella bailaba en la fiesta, cuando el tiempo se detuvo para ella y por ese momento fueron solo los dos los únicos habitantes del mundo. Tampoco olvidaría las veces que él tartamudeó su petición de acompañarlo a tomar un vaso de néctar, preso del nerviosismo frente a su sonrisa. Fué una noche mágica en que las miradas hablaron más que sus labios. Y así pasaron los días hasta que el valor de robarle un beso se impuso a su timidez, dándole ese tipo de alegría que jamás se explicaría, pero que solo lo disfrutaba. Ella danzaba para él, y el tocaba para ella; y juntos formaban la armonía perfecta. Por desgracia el Príncipe de las Abejas despertó celoso de él. De manera maliciosa decidió sacarlo de su camino y así ser dueño de la pequeña danzarina de rizos dorados.
El plan era sencillo: aprovecharse de la confianza que le tenían para invitarlo a un sitio donde supuestamente abundaba el polen, y una vez lejos llevarlo a donde los entes horribles cazan para asumir que fue un desafortunado accidente. Y así fue que junto a dos abejas cómplices lograron convencerlo, y llevarlo al sitio en cuestión. Solo que no contaba con que la víctima fuera el propio Príncipe. El espectáculo fue aterrador, el festín fue tal, que las vísceras de éste llegaron hasta la copa de los árboles y los gritos ensordecedores de las abejas fue tragado por el bosque. De los dos cómplices solo uno llegó vivo a la aldea, rescatado por el músico mientras se devoraban a los otros. Al llegar a la aldea, frente a todos los habitantes acusó al músico alado de tenderles una trampa, de preparar esta estratagema nefasta. Por mantener la paz, decidieron castigar al joven, pese a que a nadie les convenció el discurso del abejorro. La sentencia era la muerte.

miércoles, 13 de abril de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 11

Salió el brujo, en dirección de la puerta de entrada, muy molesto, mientras el gran gigante con piel color de arcilla sonreía maliciosamente. Era su naturaleza pagar un bien con un mal, en este caso incomodando a su invitado. Volvió a su postura natural de contemplar esa jaula suspendida sobre el mar de fuego, con su prisionero mutilado en agonía constante.

El mayordomo que le había recibido lo acompañó a la salida, pero antes le detuvo y le miró muy fijamente a los ojos. Se armó de valor y a quemarropa le preguntó al mago sobre aquel incidente, comprometiéndose a compensarle como lo requiera por tres ocasiones durante toda su existencia. Era sabido por el hechicero que ellos tenían acceso a conjuros que él no podía llegar, y que su esposa pese a poder hacerlos, había hecho un voto sagrado de no usarlos jamás; y también era algo inviolable para ellos. Romper un juramento equivaldría a su muerte, aunque nunca había visto morir a ninguno de su especie.

La razón de la curiosidad del servil era por el hermetismo del Maestre en explicar el porque hacía esto muchísimos años ya, sin cambiar su rutina. Solo se mantenía entretenido en el sufrimiento de aquel desdichado. El mago cambió si expresión a una más tranquila, y lo invitó a la entrada del palacio. Tomó su vara y luego de dos golpecitos se extendió un gran paraguas transparente, cubriéndolos a ambos del torrencial aguacero que continuaba afuera. Se sentaron en la escalera de la entrada bajo el paraguas y el mago lanzó un triste suspiro antes de empezar su relato.

martes, 12 de abril de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 10

Cuando empezaron las aves a surcar el cielo hacia sus respectivos nidos, el mago alzó la vista y vio que negras nubes se acercaban, así tomó su sombrero más grande, su bastón y se despidió de su amada con un beso más erótico que romántico. Hoy tenía que ir a ver a un Demonio Maestre que se hallaba enfermo, conocido de su esposa, y que vivía en un volcán más allá del bosque. Talvez se había indigestado por algún sacerdote que almorzó, o algún hechizo menor de un enemigo. Al regreso pasaría visitando a su Hada y verificaría como iba su trabajo. De hecho solo esa idea había ocupado su mente todo el día.
Y empezó la lluvia. Tomó el camino de las rocas, donde la leyenda aseguraba que allí habían caído los titanes en su derrota celestial, y que sus hijos habían edificado monumentales edificios en honor a ellos; los mismos que fueron demolidos por un cataclísmico terremoto, dicen de origen divino, y dejando solo los escombros de rocas solidificadas que forman un camino a un volcán inmenso. En el camino, casi inaccesible y fatal para cualquier mortal, se hallaban miles de peligros mortíferos que el hechicero los esquivaba tranquilamente mientras cantaba alegremente a todo pulmón, con la alegría que lo caracterizaba y con el silencio sepulcral de público. Abismos, géiseres, insectos gigantes, todos los esquivaba de puntillas y la frivolidad que los años le había regalado. Llegó al pico rocoso más alto, y de allí divisaba al volcán encendido, la espesura del bosque, donde se escondía su hada; y más allá la "aldea de cobardes" como le llamaba al pueblo que le temía.

Llegó al pié del volcán, y se subió a una pequeña roca puntiaguda que emergía del suelo; puso su bastón junto a su frente, cerró sus ojos y murmuró unas palabras ininteligibles. De sus pies se abrió una grieta en el piso rocoso y emergió un delgado camino de escalinatas que llegaban a la cima del volcán. Procedió a subir entre brincos de puntillas el interminable sendero, hasta llegar al tope donde se hallaba dos grandes puertas de piedra blanca, con delicados detalles labrados a cada lado, en la que se narraban las hazañas del habitante de ese lugar. Dragones decapitados, pueblos devastados, y múltiples batallas se hallaban talladas en los dos grandes portones; y sobre ellos un gran arco de piedra blanca también, con una inscripción que decía: "Aquí muere todo lo Santo". 

El hechicero estaba convencido que aquellos seres no eran demonios, sinó una raza diferente de humanos, deformada por los siglos y evolucionada con grandes alas; que creían descender del cielo luego de una lluvia de estrellas, y que esperaban varios miles de años su batalla final con los colosos alados llamados ángeles. Como no había registro de la existencia de estos gigantes alados, pensaba que era parte de su folclore ancestral pasado de generación en generación. Pero después de todo, quién era él para hacerles "entender" la realidad, pensaba entre sí. No se pueden cambiar miles de años de tradiciones por un loco con una teoría revolucionaria.  Además su trabajo no era cuestionar creencias, sino curar.

Las puertas se abrieron y se mostró un palacio esplendoroso, con cientos de antorchas a los lados a manera de camino, un techo con millones de figuras pintadas a tamaño real, gestando sangrientas batallas exaltando de nuevo a su morador; a los lados varios cuadros gigantes con lienzos exquisitos; jarrones de porcelana con inscripciones de lenguas desconocida. Una lámpara adornada por cráneos trepanados, y cortinas de seda de colores vivos. Una alfombra color vino se extendía bajo sus pasos. Pese a encontrarse dentro de un volcán, se encontraba fresco y muy elegante. Un ser muy delgado con finas ropas y de piel rojiza oscura lo recibió con una reverencia, y lo invitó a seguirlo. Mientras caminaban charlaban muy amenamente sobre la vida, sus aventuras y al final sobre los síntomas del habitante de ese palacio. Cuando llegaron a la habitación principal, se hallaba dándoles la espalda, frente a un balcón con vista a un mar de lava ardiente, y con mirada apesadumbrada, un ser ocho o diez veces más grande que el hechicero,  de piel del color de la arcilla, con su cráneo rapado totalmente adornado de cientos de tatuajes, colmillos inferiores sobresalientes, barba prominente con varias trenzas en su final, similar a un vikingo ancestral; cuello adornado con un gran collar de cráneos, una gran toga cubría su gran torso, dejando descubiertos sus corpulentos brazos, marcados con grandes tatuajes. Sus manos eran dos garras  con grandes garfios como uñas, y cada dedo mostraba un anillo con forma de corona. Varias cicatrices cruzaban sus bíceps. A partir de sus rodillas se conectaban con dos pantorrillas y pies de oro, a manera de prótesis, perfectamente acoplados en proporción corporal y función, con múltiples engranajes que le permitían movimiento a su voluntad. Una obra maestra de la ingeniería.  Se encontraba sentado en un gran trono rodeado de cojines púrpuras. A su derecha una mesa alta con una bandeja de frutas extrañas, las mismas que le servían de alimento. Se encontraba inmóvil mirando al balcón, fumando una gran pipa que emanaba un humo a manera de neblina. El gigante se hallaba esperándolo, sin embargo no se inmutaría a un mortal, por más genio que sea (o que lo necesitara).


El mago se encontraba en la puerta, y cuando el tipo de piel rojiza lo iba a presentar, éste lo detuvo con su mano. Con una sonrisa burlona permaneció parado en espera algún tipo de bienvenida, después de todo lo habían invocado. Los segundos pasaron, y se volvieron minutos, sin ninguna respuesta de ninguna de las dos partes. De pronto el gran monstruo lanzó un rugido que rompió el silencio, y se giró hacia el hechicero mirándolo con sus ojos de infierno. Por su parte el hechicero, sintiéndose ganador, continuó sonriente, y se acercó al monumental ser. Se sentó frente a él y empezó su trabajo. Éste le regaló una sonrisa en premio a su valentía, y le invitó a beber una gran copa de vino. Empezó a contarle sus males, sus dolores, y su constante pesadilla que le aquejaba ya varias noches: 

Del cielo caía un estrella de fuego, y que a medida de que se acercaba al suelo se volvía cada vez más pequeña, volviéndose una gota de rocío, y que iba a para a las manos del mago. Éste la colocaba en una urna de cristal. Las sombras la rodeaban y una gran bestia de repente aparecía súbitamente, saltando sobre el mago y destrozándolo en miles de fragmentos de sangre. Luego recogía los pedazos y llorando se inmolaba en el fuego. Y nada más, despertaba siempre con la sensación de haber estado allí. 

El mago le llamó la atención el sentimiento con que manifestaba su pesadilla. Pero lo decidió apuntar en su libro por más incongruente que le parecía. Decidió darle indicaciones sobre que tomar para sus males y lo vería en quince dias. Muy cortésmente se levantó, hizo una reverencia y procedió a retirarse, a lo que el gigante le tomó el hombro y le señaló el balcón que tan fijamente estaba mirando. La habitual sonrisa del mago cambió de inmediato y se tornó seria. Frente al balcón, sobre un mar de lava, se hallaba una jaula de hierro colgando de un arnés. En su interior se hallaba un demonio del tamaño de un hombre grande, totalmente mutilado, sin ojos, cortadas ambas alas, amputados brazo y pierna izquierdos; sentado con su cabeza inclinada lamentando en voz baja su martirio. El mago se acercó al balcón, y al verlo sintió una furia que hace muchos años no habia sentido. Lanzó un escupitajo a la lava y se fue de la habitación. Afuera llovía pero no caía sobre el cráter del volcán, el calor la volvía vapor a la lluvia.

jueves, 7 de abril de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 9

Abrió los ojos desorientado, confundido, e intentó moverse sin éxito. No recordaba donde estaba ni que había ocurrido, hasta que como un relámpago por su mente cruzo la imagen de la caída vertiginosa al suelo. Se estremeció de inmediato y se levantó súbitamente de donde se encontraba; perdiendo el equilibrio y cayendo a una altura de medio metro, sobre una piso amortiguado con hojas. Seguía sin entender lo sucedido, hasta que del suelo, boca abajo como había quedado, miró al frente y se encontró con la harpía recostada en un charco de sangre; a pocos pasos de donde se hallaba. Una lanza le atravesaba el cuello y sus ojos seguían abiertos, con una expresión de horror única, plasmada como despedida a la eternidad en la cara de la bestia. Pensó en levantarse, pero el miedo se apodero de su voluntad cuando sintió pasos detrás de él, como si alguien corriera sobre el piso de hojas. Alzó la mirada y vio el techo de una carpa grande de vivos colores, con un atrapasueños colgando sobre su cabeza, a su alrededor un gran espejo, un mueble de madera muy bien labrado con un cráneo disecado en una urna de cristal, una alfombra mas allá, y varias lanzas parecidas a la de la harpía, todas juntas en una gran urna. Y continuó rodeando el sitio con su mirada, sin levantarse, hasta que se chocó con la mirada de unos ojos azules que lo observaban atentamente. Estaba de acuclillada sobre una roca que se hallaba bajo la carpa, con una lanza en su mano; mostraba aproximadamente 20 años, alta, cabello castaño oscuro con rizos en forma de torbellino, piel morena, nariz pequeña y delicados labios. Contextura delgada con un cinturón de cráneos pequeños sobre sus anchas caderas, y su vestido en forma de armadura dejaba sus largas piernas al descubierto. La presencia de una mujer así, con su físico hubiera estimulado normalmente cualquier deseo visceral, pero por el contrario, al leñador el pánico lo tenía paralizado. Recordó los relatos de sus abuelos sobre el pueblo de gente pequeña que habitaba en el bosque, y de como tuvieron un final espantoso.

Había caído el invierno en su aldea y decidieron esconderse bajo las setas y hongos de un gran árbol, sin saber que eran parte del jardín privado de uno de los Árboles Come-humanos. Pero al arrancar uno y usarlo como techo para la evitar la nieve, desataron la furia de sus hijas. Normalmente perdonaban a la raza de los hombres pequeños, pero esta vez olvidaron esa regla, y devoraron a todos; hombres mujeres y niños de toda la aldea, en un festín macabro que duró toda la noche y  pintó de rojo sangre la nieve. Se dice que esa día se extinguió la raza de los hombres pequeños, y ellas atesoraron los huesos como trofeo y recuerdo nefasto, de que jamás sea tocado algo que les pertenezca.

Ella tenía fija su mirada en el joven leñador, con una mirada escudriñadora, examinándolo de pies a cabeza. El sabía que si se levantaba del suelo y corría, ella lo alcanzaría y sería otra víctima más. Ella bajó de la piedra, de un brinco, y se acercó caminando de puntillas hacia él, que se continuaba boca abajo, cada vez más pálido. Extendió su mano hacia el rostro de asustado tipo, le acarició suavemente la mejilla izquierda, y de inmediato le agarró de los cabellos alzándole la mirada hacia ella. Él no quería abrir los ojos, pero al hacerlo vio uno de los rostros más preciosos que había visto en su vida, con una mirada seria y unos ojos azules que lo estudiaban detalle a detalle. Sacó su lengua y la pasó por su cara y cerró los ojos esbozando una sonrisa placentera, le excitaba el miedo de su prisionero.

De repente como un rayo recordó su preciada hada, donde estaría. Tenía que escapar, buscarla, a costa incluso de su vida. La cazadora lo rodeó con pasos de puntillas, y se sentó en su roca sin perderle la vista. Como un rayo el joven se levantó del piso y en un arranque de valentía emprendió una veloz carrera adentrándose en la maleza sin mirar atrás. Ella se incorporó lentamente, sacó la lanza del cuello de la harpía preparándose para su cacería, y le dio varios metros de ventaja hasta empezar a correr lentamente hacia espesor del bosque. La tarde empezaba a caer y las sombras lentamente se apoderaban de ese universo verde.