Cuando empezaron las aves a surcar el cielo hacia sus respectivos nidos, el mago alzó la vista y vio que negras nubes se acercaban, así tomó su sombrero más grande, su bastón y se despidió de su amada con un beso más erótico que romántico. Hoy tenía que ir a ver a un Demonio Maestre que se hallaba enfermo, conocido de su esposa, y que vivía en un volcán más allá del bosque. Talvez se había indigestado por algún sacerdote que almorzó, o algún hechizo menor de un enemigo. Al regreso pasaría visitando a su Hada y verificaría como iba su trabajo. De hecho solo esa idea había ocupado su mente todo el día.
Y empezó la lluvia. Tomó el camino de las rocas, donde la leyenda aseguraba que allí habían caído los titanes en su derrota celestial, y que sus hijos habían edificado monumentales edificios en honor a ellos; los mismos que fueron demolidos por un cataclísmico terremoto, dicen de origen divino, y dejando solo los escombros de rocas solidificadas que forman un camino a un volcán inmenso. En el camino, casi inaccesible y fatal para cualquier mortal, se hallaban miles de peligros mortíferos que el hechicero los esquivaba tranquilamente mientras cantaba alegremente a todo pulmón, con la alegría que lo caracterizaba y con el silencio sepulcral de público. Abismos, géiseres, insectos gigantes, todos los esquivaba de puntillas y la frivolidad que los años le había regalado. Llegó al pico rocoso más alto, y de allí divisaba al volcán encendido, la espesura del bosque, donde se escondía su hada; y más allá la "aldea de cobardes" como le llamaba al pueblo que le temía.
Llegó al pié del volcán, y se subió a una pequeña roca puntiaguda que emergía del suelo; puso su bastón junto a su frente, cerró sus ojos y murmuró unas palabras ininteligibles. De sus pies se abrió una grieta en el piso rocoso y emergió un delgado camino de escalinatas que llegaban a la cima del volcán. Procedió a subir entre brincos de puntillas el interminable sendero, hasta llegar al tope donde se hallaba dos grandes puertas de piedra blanca, con delicados detalles labrados a cada lado, en la que se narraban las hazañas del habitante de ese lugar. Dragones decapitados, pueblos devastados, y múltiples batallas se hallaban talladas en los dos grandes portones; y sobre ellos un gran arco de piedra blanca también, con una inscripción que decía: "Aquí muere todo lo Santo".
El hechicero estaba convencido que aquellos seres no eran demonios, sinó una raza diferente de humanos, deformada por los siglos y evolucionada con grandes alas; que creían descender del cielo luego de una lluvia de estrellas, y que esperaban varios miles de años su batalla final con los colosos alados llamados ángeles. Como no había registro de la existencia de estos gigantes alados, pensaba que era parte de su folclore ancestral pasado de generación en generación. Pero después de todo, quién era él para hacerles "entender" la realidad, pensaba entre sí. No se pueden cambiar miles de años de tradiciones por un loco con una teoría revolucionaria. Además su trabajo no era cuestionar creencias, sino curar.
Las puertas se abrieron y se mostró un palacio esplendoroso, con cientos de antorchas a los lados a manera de camino, un techo con millones de figuras pintadas a tamaño real, gestando sangrientas batallas exaltando de nuevo a su morador; a los lados varios cuadros gigantes con lienzos exquisitos; jarrones de porcelana con inscripciones de lenguas desconocida. Una lámpara adornada por cráneos trepanados, y cortinas de seda de colores vivos. Una alfombra color vino se extendía bajo sus pasos. Pese a encontrarse dentro de un volcán, se encontraba fresco y muy elegante. Un ser muy delgado con finas ropas y de piel rojiza oscura lo recibió con una reverencia, y lo invitó a seguirlo. Mientras caminaban charlaban muy amenamente sobre la vida, sus aventuras y al final sobre los síntomas del habitante de ese palacio. Cuando llegaron a la habitación principal, se hallaba dándoles la espalda, frente a un balcón con vista a un mar de lava ardiente, y con mirada apesadumbrada, un ser ocho o diez veces más grande que el hechicero, de piel del color de la arcilla, con su cráneo rapado totalmente adornado de cientos de tatuajes, colmillos inferiores sobresalientes, barba prominente con varias trenzas en su final, similar a un vikingo ancestral; cuello adornado con un gran collar de cráneos, una gran toga cubría su gran torso, dejando descubiertos sus corpulentos brazos, marcados con grandes tatuajes. Sus manos eran dos garras con grandes garfios como uñas, y cada dedo mostraba un anillo con forma de corona. Varias cicatrices cruzaban sus bíceps. A partir de sus rodillas se conectaban con dos pantorrillas y pies de oro, a manera de prótesis, perfectamente acoplados en proporción corporal y función, con múltiples engranajes que le permitían movimiento a su voluntad. Una obra maestra de la ingeniería. Se encontraba sentado en un gran trono rodeado de cojines púrpuras. A su derecha una mesa alta con una bandeja de frutas extrañas, las mismas que le servían de alimento. Se encontraba inmóvil mirando al balcón, fumando una gran pipa que emanaba un humo a manera de neblina. El gigante se hallaba esperándolo, sin embargo no se inmutaría a un mortal, por más genio que sea (o que lo necesitara).
El mago se encontraba en la puerta, y cuando el tipo de piel rojiza lo iba a presentar, éste lo detuvo con su mano. Con una sonrisa burlona permaneció parado en espera algún tipo de bienvenida, después de todo lo habían invocado. Los segundos pasaron, y se volvieron minutos, sin ninguna respuesta de ninguna de las dos partes. De pronto el gran monstruo lanzó un rugido que rompió el silencio, y se giró hacia el hechicero mirándolo con sus ojos de infierno. Por su parte el hechicero, sintiéndose ganador, continuó sonriente, y se acercó al monumental ser. Se sentó frente a él y empezó su trabajo. Éste le regaló una sonrisa en premio a su valentía, y le invitó a beber una gran copa de vino. Empezó a contarle sus males, sus dolores, y su constante pesadilla que le aquejaba ya varias noches:
Del cielo caía un estrella de fuego, y que a medida de que se acercaba al suelo se volvía cada vez más pequeña, volviéndose una gota de rocío, y que iba a para a las manos del mago. Éste la colocaba en una urna de cristal. Las sombras la rodeaban y una gran bestia de repente aparecía súbitamente, saltando sobre el mago y destrozándolo en miles de fragmentos de sangre. Luego recogía los pedazos y llorando se inmolaba en el fuego. Y nada más, despertaba siempre con la sensación de haber estado allí.
El mago le llamó la atención el sentimiento con que manifestaba su pesadilla. Pero lo decidió apuntar en su libro por más incongruente que le parecía. Decidió darle indicaciones sobre que tomar para sus males y lo vería en quince dias. Muy cortésmente se levantó, hizo una reverencia y procedió a retirarse, a lo que el gigante le tomó el hombro y le señaló el balcón que tan fijamente estaba mirando. La habitual sonrisa del mago cambió de inmediato y se tornó seria. Frente al balcón, sobre un mar de lava, se hallaba una jaula de hierro colgando de un arnés. En su interior se hallaba un demonio del tamaño de un hombre grande, totalmente mutilado, sin ojos, cortadas ambas alas, amputados brazo y pierna izquierdos; sentado con su cabeza inclinada lamentando en voz baja su martirio. El mago se acercó al balcón, y al verlo sintió una furia que hace muchos años no habia sentido. Lanzó un escupitajo a la lava y se fue de la habitación. Afuera llovía pero no caía sobre el cráter del volcán, el calor la volvía vapor a la lluvia.
El hechicero estaba convencido que aquellos seres no eran demonios, sinó una raza diferente de humanos, deformada por los siglos y evolucionada con grandes alas; que creían descender del cielo luego de una lluvia de estrellas, y que esperaban varios miles de años su batalla final con los colosos alados llamados ángeles. Como no había registro de la existencia de estos gigantes alados, pensaba que era parte de su folclore ancestral pasado de generación en generación. Pero después de todo, quién era él para hacerles "entender" la realidad, pensaba entre sí. No se pueden cambiar miles de años de tradiciones por un loco con una teoría revolucionaria. Además su trabajo no era cuestionar creencias, sino curar.
Las puertas se abrieron y se mostró un palacio esplendoroso, con cientos de antorchas a los lados a manera de camino, un techo con millones de figuras pintadas a tamaño real, gestando sangrientas batallas exaltando de nuevo a su morador; a los lados varios cuadros gigantes con lienzos exquisitos; jarrones de porcelana con inscripciones de lenguas desconocida. Una lámpara adornada por cráneos trepanados, y cortinas de seda de colores vivos. Una alfombra color vino se extendía bajo sus pasos. Pese a encontrarse dentro de un volcán, se encontraba fresco y muy elegante. Un ser muy delgado con finas ropas y de piel rojiza oscura lo recibió con una reverencia, y lo invitó a seguirlo. Mientras caminaban charlaban muy amenamente sobre la vida, sus aventuras y al final sobre los síntomas del habitante de ese palacio. Cuando llegaron a la habitación principal, se hallaba dándoles la espalda, frente a un balcón con vista a un mar de lava ardiente, y con mirada apesadumbrada, un ser ocho o diez veces más grande que el hechicero, de piel del color de la arcilla, con su cráneo rapado totalmente adornado de cientos de tatuajes, colmillos inferiores sobresalientes, barba prominente con varias trenzas en su final, similar a un vikingo ancestral; cuello adornado con un gran collar de cráneos, una gran toga cubría su gran torso, dejando descubiertos sus corpulentos brazos, marcados con grandes tatuajes. Sus manos eran dos garras con grandes garfios como uñas, y cada dedo mostraba un anillo con forma de corona. Varias cicatrices cruzaban sus bíceps. A partir de sus rodillas se conectaban con dos pantorrillas y pies de oro, a manera de prótesis, perfectamente acoplados en proporción corporal y función, con múltiples engranajes que le permitían movimiento a su voluntad. Una obra maestra de la ingeniería. Se encontraba sentado en un gran trono rodeado de cojines púrpuras. A su derecha una mesa alta con una bandeja de frutas extrañas, las mismas que le servían de alimento. Se encontraba inmóvil mirando al balcón, fumando una gran pipa que emanaba un humo a manera de neblina. El gigante se hallaba esperándolo, sin embargo no se inmutaría a un mortal, por más genio que sea (o que lo necesitara).
El mago se encontraba en la puerta, y cuando el tipo de piel rojiza lo iba a presentar, éste lo detuvo con su mano. Con una sonrisa burlona permaneció parado en espera algún tipo de bienvenida, después de todo lo habían invocado. Los segundos pasaron, y se volvieron minutos, sin ninguna respuesta de ninguna de las dos partes. De pronto el gran monstruo lanzó un rugido que rompió el silencio, y se giró hacia el hechicero mirándolo con sus ojos de infierno. Por su parte el hechicero, sintiéndose ganador, continuó sonriente, y se acercó al monumental ser. Se sentó frente a él y empezó su trabajo. Éste le regaló una sonrisa en premio a su valentía, y le invitó a beber una gran copa de vino. Empezó a contarle sus males, sus dolores, y su constante pesadilla que le aquejaba ya varias noches:
Del cielo caía un estrella de fuego, y que a medida de que se acercaba al suelo se volvía cada vez más pequeña, volviéndose una gota de rocío, y que iba a para a las manos del mago. Éste la colocaba en una urna de cristal. Las sombras la rodeaban y una gran bestia de repente aparecía súbitamente, saltando sobre el mago y destrozándolo en miles de fragmentos de sangre. Luego recogía los pedazos y llorando se inmolaba en el fuego. Y nada más, despertaba siempre con la sensación de haber estado allí.
El mago le llamó la atención el sentimiento con que manifestaba su pesadilla. Pero lo decidió apuntar en su libro por más incongruente que le parecía. Decidió darle indicaciones sobre que tomar para sus males y lo vería en quince dias. Muy cortésmente se levantó, hizo una reverencia y procedió a retirarse, a lo que el gigante le tomó el hombro y le señaló el balcón que tan fijamente estaba mirando. La habitual sonrisa del mago cambió de inmediato y se tornó seria. Frente al balcón, sobre un mar de lava, se hallaba una jaula de hierro colgando de un arnés. En su interior se hallaba un demonio del tamaño de un hombre grande, totalmente mutilado, sin ojos, cortadas ambas alas, amputados brazo y pierna izquierdos; sentado con su cabeza inclinada lamentando en voz baja su martirio. El mago se acercó al balcón, y al verlo sintió una furia que hace muchos años no habia sentido. Lanzó un escupitajo a la lava y se fue de la habitación. Afuera llovía pero no caía sobre el cráter del volcán, el calor la volvía vapor a la lluvia.
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