Salió el brujo, en dirección de la puerta de entrada, muy molesto, mientras el gran gigante con piel color de arcilla sonreía maliciosamente. Era su naturaleza pagar un bien con un mal, en este caso incomodando a su invitado. Volvió a su postura natural de contemplar esa jaula suspendida sobre el mar de fuego, con su prisionero mutilado en agonía constante.
El mayordomo que le había recibido lo acompañó a la salida, pero antes le detuvo y le miró muy fijamente a los ojos. Se armó de valor y a quemarropa le preguntó al mago sobre aquel incidente, comprometiéndose a compensarle como lo requiera por tres ocasiones durante toda su existencia. Era sabido por el hechicero que ellos tenían acceso a conjuros que él no podía llegar, y que su esposa pese a poder hacerlos, había hecho un voto sagrado de no usarlos jamás; y también era algo inviolable para ellos. Romper un juramento equivaldría a su muerte, aunque nunca había visto morir a ninguno de su especie.
La razón de la curiosidad del servil era por el hermetismo del Maestre en explicar el porque hacía esto muchísimos años ya, sin cambiar su rutina. Solo se mantenía entretenido en el sufrimiento de aquel desdichado. El mago cambió si expresión a una más tranquila, y lo invitó a la entrada del palacio. Tomó su vara y luego de dos golpecitos se extendió un gran paraguas transparente, cubriéndolos a ambos del torrencial aguacero que continuaba afuera. Se sentaron en la escalera de la entrada bajo el paraguas y el mago lanzó un triste suspiro antes de empezar su relato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario