jueves, 14 de abril de 2016

La Danzarina y el Girasol - Capitulo 12

Bajo la pertinaz lluvia en el bosque permanecía sobre el fango movedizo, cementerio de muchas almas, flotando a pocos centímetros, una nube envuelta con una cuerda rota; y con una hada danzarina en su interior, dormida sanando sus heridas, recostada sobre una cama de hojas verdes y totalmente apartada del caos que se desarrollaba en su alrededor. Había corrido tanta sangre y se habían escuchado tantos gritos en torno a ella, pero su mundo se hallaba cubierto por una caja algodonosa y mágica, ajeno totalmente a la realidad.
Cómo había llegado a este punto una sencilla y alegre alma, revestida con un gracioso y bonito cuerpo. Sencillamente la vida se había dado un giro brutal en su contra. Había vivido toda si vida en su pequeña aldea de las hadas, rodeada de flores gigantes y casas colgadas en los árboles gigantes. Su vida era sencilla pero alegre. Era una recolectora de polen que cuidaba de sus hermanos y de su pequeña mascota, una larva que algún día se volvería una gran mariposa. Su madre era una Condesa descendiente directa de la realeza, y su padre era un General que había muerto en batalla cuando intentaron detener a las brutales sedientas de sangre, la noche de Invierno que acabaron con la raza de los Hombres Pequeños. La nieve había sepultado sus restos, o lo que quedó de él. Pese a ser pacíficos, eran aguerridos y feroces cuando sus vidas peligraban frente a cualquier enemigo.
Tenía su amado de toda su vida, un obrero alado amante de la música que vivía en la aldea vecina, y que la conoció en la gran fiesta anual del polen. Ese día todas las aldeas se reunían en una parte del bosque para festejar la llegada del Verano y por ende la época en la que sus trabajos verían su recompensa. Las abejas, gigantes como hombres, convivían en paz con estos seres alados, y eran siempre los más esperados en las fiestas por su exquisito licor de néctar. Éstas por su parte eran tratados como la realeza y todo marchaba en orden.
Jamás olvidaría la mirada del músico mientras ella bailaba en la fiesta, cuando el tiempo se detuvo para ella y por ese momento fueron solo los dos los únicos habitantes del mundo. Tampoco olvidaría las veces que él tartamudeó su petición de acompañarlo a tomar un vaso de néctar, preso del nerviosismo frente a su sonrisa. Fué una noche mágica en que las miradas hablaron más que sus labios. Y así pasaron los días hasta que el valor de robarle un beso se impuso a su timidez, dándole ese tipo de alegría que jamás se explicaría, pero que solo lo disfrutaba. Ella danzaba para él, y el tocaba para ella; y juntos formaban la armonía perfecta. Por desgracia el Príncipe de las Abejas despertó celoso de él. De manera maliciosa decidió sacarlo de su camino y así ser dueño de la pequeña danzarina de rizos dorados.
El plan era sencillo: aprovecharse de la confianza que le tenían para invitarlo a un sitio donde supuestamente abundaba el polen, y una vez lejos llevarlo a donde los entes horribles cazan para asumir que fue un desafortunado accidente. Y así fue que junto a dos abejas cómplices lograron convencerlo, y llevarlo al sitio en cuestión. Solo que no contaba con que la víctima fuera el propio Príncipe. El espectáculo fue aterrador, el festín fue tal, que las vísceras de éste llegaron hasta la copa de los árboles y los gritos ensordecedores de las abejas fue tragado por el bosque. De los dos cómplices solo uno llegó vivo a la aldea, rescatado por el músico mientras se devoraban a los otros. Al llegar a la aldea, frente a todos los habitantes acusó al músico alado de tenderles una trampa, de preparar esta estratagema nefasta. Por mantener la paz, decidieron castigar al joven, pese a que a nadie les convenció el discurso del abejorro. La sentencia era la muerte.

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